3.1 Parte 2




Pero lo que Mistófelis no sabía era que los egipcios veneraban a los gatos y los consideraban nada más y nada menos que dioses (parece ser que porque se comían a los ratones que eran los enemigos de este pueblo por comerse los granos de trigo que ellos cosechaban).

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La cosa es que cuando Mistófelis se apareció ante los egipcios que estaban construyendo la pirámide, todos la tomaron por un dios, mejor dicho, por una diosa.

La subieron a upa, que a Mistófelis mucho no le gusta, pero se la aguantó porque como estaba en un lugar tan raro, más vale decir todo que sí, y la llevaron adentro de una de las pirámides más grandes, la de Keops.

Guau, digo miau. ¡Qué lugar!

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La pirámide tenía una puerta enorme y pesada, y enseguida empezaba una escalera angostita, angostita que en vez de ir para arriba ¡Iba para abajo!

-¿Dónde estoy? – preguntaba Mistófelis, pero estos egipcios no entendían nada y seguían bajando y bajando a la oscuridad más absoluta.

Mistófelis estaba temblando de miedo y sólo pensaba en cómo volver a su hogar, el colegio.

Aunque estaba aterrada, no pudo dejar de notar que las paredes estaban todas dibujadas. Había dibujos de personas haciendo cosas. Era gracioso ver que estaban todas dibujadas de perfil, pero con el cuerpito de frente, y al lado, había unas escrituras con dibujitos (bueno, se llaman jeroglíficos, pero Mistófelis no sabía nada de eso, aunque igual los miraba).

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